Lo que trae la lluvia

Una lluvia de verano trae el aliento que hace falta luego de días de una humedad tenaz. Vuelve al aire transitable, lo diluye, nos lo devuelve y permite adentrarnos en él. Miro por la ventana y agradezco a Dios la  posibilidad de vivir ese momento tan maravilloso, pero enseguida  pienso –es inevitable, siempre me pasa–en toda esa gente que lo padece, que no tiene la opción de disfrutarlo como yo.Y ahí me doy cuenta de cuán afortunada estoy siendo. Cuántas riquezas se depositan a mis pies  como un regalo del Amor incondicional de Dios. La posibilidad de un buen trabajo que me permite crecer y me desafía día a día. Una familia que me apoya y me sostiene, que no me deja caer y me ama sin razón. Los mejores amigos de todos los amigos del mundo que se preocupan y se alegran, según los vaivenes de mi vida. Los recuerdos de mis amores que me acompañan ininterrumpidamente y todos los sueños del mundo habitan en mí. No hay nada que yo no desee, no hay ninguno que desprecie.Hoy, me toca velar el último. En unas horas va a hacer una semana que se murió.

Creo que fue el mejor (y sé que digo esto porque fue el último, porque siempre el último es el mejor). Estaba rodeado de montañas y lagos. Estaba coronado por las estrellas de enero. Estaba acunado por el arroyo a orillas del que nació. La vida se había vuelto, de pronto, sumamente sencilla y fácil. La belleza había inundado cada instante del día. Todo era perfecto, hasta la presencia de la muerte se me hacía amigable. Nada temía, porque nada malo podía pasarme, porque las miserias del mundo habían desaparecido, porque me había vuelto invencible.Creí, una vez más. Creí y jugué las mejores cartas que tenía. Dejé un buen amor para apostarle todo a esa luz. Era la luz que estaba esperando.Empecé a caminar, segura, con paso firme y rápido.  Al final de todo lo que había sufrido era el bálsamo que necesitaba. No quisiera ser cursi con la imagen de la luz al final del camino, pero no me que da opción, así fue. Así lo sentía.El problema fue que cuando llegué descubrí que había sobredimensionado todo. Que la luz no era tan brillante, que el camino no existía en realidad, sino que me lo había forjado yo misma. El dolor fue inmenso.

Hoy, a casi una semana creo, siento y espero una Pascua. Una muerte para una nueva Resurrección. No hay noche a mi alrededor, sino una claridad diferente. Puse a prueba mis fuerzas y logré alcanzar la magia de la fe en mí misma.Ahora puedo ver qué quiero para mí y tengo la capacidad de rechazarlo y dejarlo de lado si no me alcanza y no me llena. Tengo mi propio permiso para equivocarme y volverlo a intentar, tengo la seguridad de que la próxima vez, también podré elegir. Porque la luz no estaba al final del camino, sino dentro de mí (de nuevo la cursilería acecha…).

Lo que veía era sólo un reflejo de lo que yo ya era. De esa luz que se había encendido el 18 de enero de 2001, acontecimiento que yo viví con tanto dolor y del que no medí su verdadero alcance hasta después de muchísimo tiempo.Agradezco a Dios el permitirme mirar la lluvia desde esta casa tan llena de recuerdos y poder evocar en un instante las riquezas de mi vida. Le agradezco el haberme “prestado” ese espejo que me devolvió una imagen completamente nueva, fortalecida que nunca me animé a ver y que, definitivamente, necesita de todo mi ser para poder sobrevivir.Agradezco infinitamente la siembra, la semilla que murió. Le agradezco el sol, el viento, la lluvia y el frío que acompañaron el crecimiento y, por sobre todas las cosas, le agradezco este dolor de cosecha.

Marzo 2002

Una respuesta

  1. “Lo que trae la lluvia”. Muy buen título. Abre enormes puertas. A veces da mucho miedo abrirlas pero, como decís vos, después del dolor viene la claridad, la brisa renovadora.
    A fin de cuentas, sin querer tropezar en un lugar común, la Madre Naturaleza es bastante sabia. Nos trae la lluvia en el Otoño que limpia, erosiona, arrastra todo. Pero luego, casi en el instante, nos regala una Primavera. Y esto, no hay que olvidarlo, pasa cada año; no importa qué tan fuerte haya llovido, ni cuán largo haya sido el Otoño.

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