Manos $8

 ¿Si me quedo esperando a que me abran? ¿Qué posibilidades hay de que me atiendan sólo para arreglarme el esmalte de la uña del dedo índice que se me saltó anoche tocando en el coro? ¿Qué clase de persona se queda durante una tarde helada de feriado en la puerta de una peluquería con la esperanza de que le abran? ¿Por mucho que toque el timbre, aparecerá la manicura? ¿Estará adentro o vendrá suponiendo que yo la estoy esperando? ¿Cuánto tiempo tardará? ¿Me alcanzarán los cigarrillos? ¿Y si me voy a casa y vuelvo dentro de un rato? No se me nota mucho, ahora que lo veo, que se me saltó la laca. De última, el resto de las uñas están pintadas de blanco. De todos modos, la espero. En una de esas, viene. ¿Quién dijo que las manicuras deben ser mujeres? Quizás es un hombre, un hombre que sabe de belleza femenina, que sabe cómo le gusta a ellos el arreglo de las manos. Pero no. Seguro que es una mujer.

Acovachada en el umbral de vidrio y mármol, espero el milagro. ¿Qué sentido tiene? La duda me asalta constantemente. Me conformo con mirar las patentes. Es un entretenimiento del que disfruto desde que aumentaron las pilas y se me perdieron los auriculares del walkman. Trato de encontrar el auto más viejo y el más nuevo. El más nuevo es más fácil de identificar, es cuestión de seguir el orden de las letras y los números después. En cambio, con los más viejos no hay seguridad. Cuando cambiaron las patentes, a los autos que ya estaban en circulación les fueron asignadas en forma despareja, sin un orden. En cambio, a los 0km comenzaron prolijamente desde la AAA 000. Sí, es más fácil con los autos que se vendieron a partir del año 93. No sé cuál habrá sido el motivo del desorden. Lo cierto es que no lo puedo determinar.

Parece que ni la manicura ni nadie que tenga la llave de la peluquería se va a levantar de la siesta para arreglar mi dedo. Gran placer el de la siesta, es cierto. La verdad es que admiro a las personas que pueden dormirla. Yo no. Si duermo siesta, no pego un ojo hasta las tres de la mañana, como mínimo.  

Cuando vivía en Mendoza mis viejos nos obligaban a dormir la siesta por dos motivos: uno, porque el calor, en verano, es muy duro ahí; el otro, porque ellos se morían de sueño y querían dormir tranquilos. ¡Ja! Una tarde, con mi hermano, nos escapamos del cuarto y nos fuimos al jardín de atrás. En silencio. Así, ningún vecino nos veía y después les contaba a mis padres que “los chicos de Buenos Aires” no estaban cumpliendo con un rito medular del verano mendocino. Además, nuestros amigos tampoco estaban en la calle. Parece que en ese tipo de ciudades, la siesta viene en los genes; como el color de los ojos, el tipo de piel o los rulos. Los vecinitos, sencillamente, desaparecían. Mi hermano y yo éramos de otro lado. Aunque tuviéramos la edad de Bart y Lissa Simpson nos sabíamos distintos. Pero no distintos, con algún tinte de superioridad. Éramos, simplemente, nosotros, los Novellini. Los que íbamos a estar sólo un año en ese lugar, los nuevos de la escuela, como el año anterior en Córdoba. Éramos distintos; por eso y por la extraña y sencilla filosofía infantil, nuestros amigos eran eso: amigos para toda la vida. 

Esa tarde, de abigarrado calor, nos aburríamos como hongos. No había nada para hacer. Por suerte, cuando se vive en el interior de este país y se es niño, no se le presta tanta atención al televisor… o por lo menos, no en esa época. Nobleza obliga, existía otro motivo para no estar dentro de casa y prender la tele: mi viejo se iba a despertar y eso significaba volver al cuarto en penumbras y esperar la voz de “¡Ahura!” para levantarnos, tomar la merienda y salir a jugar a la calle. Entonces nos instalamos en el jardín de atrás (sé que esto ya lo dije, pero me encanta recordar que teníamos un jardín delante y otro detrás de la casa). No recuerdo si fue mi idea o de Gu, pero abrimos la canilla de la pileta del lavadero del patio y empezamos a lavar todas las botellas de Soda Siffredi que guardábamos en el garage para cuando pasara el sodero y nos las cambiara por otras llenitas. Era un noble propósito. Y las lavamos. Lavamos todas, menos una que se nos cayó. Sostuvimos el aliento mientras la botella giraba en el aire entre nuestras manos enjabonadas y las salpicaduras de agua… creo que rezamos para que no se rompiera. Pero no nos alcanzó el tiempo… para rezar, digo. Se rompió. Un envase más a pagar. Un ruido que seguramente traería a mi viejo de pésimo humor hasta donde estábamos para descubrir que no sólo no habíamos dormido la siesta, sino que también, para agregar a nuestra lista de pecados, le habíamos desobedecido, mentido y roto un envase de soda.

Me cegué. Mi hermano miraba impávido el cuello roto de la botella. Yo, más de 20 años después, no entiendo en qué pensaba cuando hice lo que hice. Creo que intentaba salvar a la botella, o pedirle silencio. No sé. Me agaché rápido y la tomé por el cuello. Creo que sí, que intentaba callarla. Pero su cuello ya estaba roto y en una suerte de venganza de su parte, en su último momento de agonía, ella me cortó la mano. Herida chiquita pero profunda.

Por supuesto, fuimos a buscar a mamá y a papá. Ellos seguían durmiendo. Es decir que podríamos haber roto la botella sin ningún problema y esconder las pruebas; total nadie llevaba la cuenta, ni siquiera el sodero. No hacía falta salvarla… ¿para qué nos tomamos la molestia? ¿para qué me tomé la molestia de silenciarla si ya había gritado y no iba a gritar más?

Con mi mano ensangrentada los despertamos. Nos quedamos sin salir esa tarde y esa noche. Yo estuve con la mano vendada durante un buen tiempo. No pienso ensayar un número porque mentiría, porque no me acuerdo. Pero me quedó una marquita.

Me miro la mano. Me miro la marquita. Doy vuelta la mano.

Me da bronca. Me da bronca que nadie venga, me abra la puerta y me ayude con mi uña. Me voy a casa para ver si puedo dormir un toque la siesta.

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